Discutir sin enfadarse: Una discusion nunca debe ser una guerra

Lunes, 6 Octubre   

Vivimos en época de modas, y esta servidumbre hacia lo que “se lleva” también afecta a las relaciones humanas, y, cómo no, a las palabras que a ellas intentan referirse.

Para abordar el tema que hoy tratamos, utilizaremos dos términos muy en boga: la empatía, o capacidad de situarnos en la piel del otro, y la asertividad, mediante la cual conseguimos trasmitir claramente nuestras opiniones, incluso las menos aceptadas por los demás, sin que hieran a nadie ni supongan agravio ni menoscabo para nuestros interlocutores.

Merece la pena que todos dediquemos el mejor de nuestros esfuerzo a la tarea (dura y ardua como pocas) de convertirnos en personas un poco más asertivas y empáticas. No somos pocos quienes, con más frecuencia de la deseable, nos levantamos de la cama pensando: “ayer volví a pasarme, discutí como un loco, me puse a mil y perdí el control. Y lo peor de todo es que lo que estábamos discutiendo no era tan importante; desde luego, mucho menos que la amistad que mantengo con quien me enfrenté a grito limpio”. A veces nos escudamos en que habíamos bebido un poco, en que estábamos algo cansados ,o nerviosos por el estrés del trabajo, los problemas con los niños o con el cónyuge, o por cualquier otra razón.

Pero, si somos francos con nosotros mismos, acabamos reprendiéndonos, por una sencilla razón: casi nunca merece la pena enfadarse. Podemos decir lo que pensamos educada y equilibradamente, sin agredir a nadie ni molestar. Y todo ello, naturalmente, sin ceder en lo que consideramos fundamental. Pero nos pierden los modos, los nervios, los gestos, la excitación del momento, la personalidad difícil del interlocutor, … Son, efectivamente, muchas cosas, pero la mayoría de ellas pueden controlarse y evitar, así, que las (a veces inevitables) discusiones nos lleven a donde no queremos.

Una primera constatación útil es que resulta muy difícil convencer a los demás. Y la segunda, que en la mayoría de las ocasiones no es tan importante conseguirlo. Lo que sí reviste trascendencia es que podamos expresar y defender nuestras ideas y posiciones ante lo que se discute. Que se nos atienda y se nos entienda. En ocasiones, merece la pena discutir, ya que nos llega de nuestras entrañas la señal de que hemos de que nuestra razón debe ser oída y contrastada.

Es muy humana la necesidad de mostrarnos, y de hacer saber a los demás el lugar que ocupamos en el mundo. Porque tan sólo quien se expresa existe de verdad y (de vez en cuando, al menos) habremos de corroborar nuestra propia existencia. Partamos de una premisa básica, que guiará nuestra interacción con los demás: el hecho de que tengamos nuestra razón no equivale a que tengamos la razón. Ejercer la libertad de expresión nos debe conducir a respetar que la persona a quien hablamos tiene derecho a emitir sus opiniones, a defenderlas y a que sean escuchadas.